Después de
haberle dado tantas formas a los rezos, formas casi reales, casi casi llenas de
fe, me bañan estos días con ciertas noticias, no, acontecimientos, ni siquiera,
nada demasiado grande para ser anunciado, nada para ser conmemorado pero yo,
ataviado como siempre en buscar la flor perdida en el estiércol, yo, admirado
siempre de la pequeñez de ciertos sucesos que me exacerban el espíritu hasta la
santidad no puedo llamarle a estas coincidencias nada menos que milagros.
Un mal día en que
me odiaba con encono impotente, sin preámbulos ni despedidas mis ninfas, mis daimôn(s) me abandonaron, como abandonan los amantes los platos en la
cocina, como Dios deja a los bienintencionados, me abandonaron como lo hizo mi
madre. Mi corazón de niño languideció por los años que tardó en llegar la
madrugada pero hoy late. De súbito y sin expectación me encuentro que los
archiveros de la memoria se vuelven a retacarse de papeles, poco a poco los
recuerdos se acomodan tranquilos, como si nunca se hubieran ido, incrédulo
contemplo mis pensamientos volando de Hegel a Kierkergaard en desatinada
carrera y el espejo, ese infeliz que siempre estaba destrozado no me evita la
mirada, me escudriña, me halaga. A obra de qué esta grata resurrección de lo
muy mío. Me he prometido no preguntármelo, me contento con que las palabras
sigan saliendo de mis dedos y las ideas de su caverna, me contento con mi hoja
blanca que ya no está en blanco, con mi amigo del mandala parisino y el niño
que ayer, desde una casa ruidosa, discutía las pasiones de La Maga.
Aún
me siento extraño cada vez que algún pedazo de mi alma vuelve a deslizarse y cerrar las persianas desde
adentro, hasta la ridiculez me embarga cuando veo al mundo que camina paralelo,
el mundo y yo tan distintos, le miro y la diferencia me arde en la cara como si
fuera una mala cosa, como un remordimiento. Cada vez, empero soy más quien fui,
cada vez, a la par soy más lo que seré y a cada paso voy despojando los
instantes de presente.