De la percepción, de mí, honestamente
Intentos
como el mío se pueden solo llamar ironía. Hablo de la vida, del tiempo
que he dedicado a pensarla, a vivirla también, pero más a pensarla, a
descubrir sus secretos, sus laberintos, sus fines posibles y el
inacabable caudal de sus teorías.
Pareciera
que no somos dueños de nuestro destino como decía Amado Nervo. Un día
somos los amos del mundo, un día amamos con toda la pasión y a veces con
desconsuelo y la vida, el devenir retórico infinito de los sucesos que
se entrelazan nos cambia de pronto de dueño a siervo, de verdugo a
víctima y hasta, en no pocos casos, de bondadoso desinteresado en
arrogante explotador. Pareciera que no poemos huir de los roles en que
somos puestos. Por eso, en uno u otro rol, temprano o tarde acabaremos
siendo todos al final una ironía.
Cuando
somos el perfecto ejemplo de lo que juramos que no seríamos, atascados
en el trabajo que nunca soñamos pero que advertimos siempre como una
posibilidad amenazante. Casados con la persona perfecta que no amamos.
Somo tan humanos, hay tantos intereses y sentimientos bailando, tejiendo
un sentido o una excusa. Porque en todo rol, en cada persona se ha
incluído un juez que en las noches hace que los ojos abran las puertas
para quedarse en vela, luego, un susurro que cuestiona, qué estamos
haciendo, ese juez incorruptible, inclemente, insensible, rapaz, ese que
se llama honestidad de la conciencia, el que vive en un rincón que no
podemos tocar, no es susceptible de engaños, no se deja de apariencias,
le divierten. Para esas noches angustiosas practicamos los pretextos que
le daremos, no sé para qué, tal vez para que no crea que no estamos
trabajando pero el juez va a decir siempre que es nuestra resposabilidad
y que mientras más excusas y justificaciones se presenten más demerita
nuestra ya difuminada persona.
La
honestidad es una pildora muy dura de tragar, duele como ningún otro
tratamiento pero los efectos secundarios pueden valer la pena.
La
honestidad primera debe ser hacia sí mismo, de otro modo no existiría
ninguna, la fantasís seguirá rodando y enredando las cabezas de los
involucrados y los presentes. Para adquirirla, el primer paso es
eliminar las justificaciones, los pretextos, aunque sean ciertos, el
hecho es que el daño está ya realizado y no importa que buena sea
nuestra excusa no lo podremos eliminar, lo mejor será poner manos a la
obra para tratar de arreglarlo, de mejorarlo, de cambiarlo. Los
pretextos nos convierten en víctimas y toda víctima es absolutamente
inútil, se lo exige el rol, si una víctima ayuda dejaría de serlo las
víctimas solo sirven para hacer sentir culpable al mundo porque nunca
reconocen su propia responsabiliad, quien no es honesto, es por
necesidad una víctima.
El
segundo paso es la humildad, entendida como el reconocimiento cabal de
las cosas, personas y cicumtancias tal como son, especialmente la
propia, cómo eres, con todas las cosas sobresalientes y con todas las
cosas malogradas, tener la capacidad de no exagerar ninguna es humildad y
esta es la precisa receta que nos dota de honestidad. Los resultados se
verán en una semana. Trate usted. Al cabo, lo único que tiene que
perder es la infelicidad de ser usted, una ironía.
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